¿Filósofo “existencialista”? ¿místico? ¿estudioso de las religiones orientales?
A Fatone no se lo puede encasillar en ninguna de estas actividades. Sería mejor
hablar de un pensamiento errático, de una curiosidad, de una aventura...
Podríamos decir que la locura de Fatone fue oriente; y también su fuerza, su
delicadeza en la captación de los más difíciles problemas de la filosofía, e
incluso, ¿por qué no? la causa de su desplazamiento o ninguneo (volver ninguno o
nadie) al que posteriormente fue sometido por el orden universitario y de la
cultura propia del Sistema. En los textos que reunimos en este volumen Fatone,
después de plantear el problema de la mística, hace un recorrido analítico del
pensamiento de Eckhart, Leibniz, Nietzsche y Bergson (particularmente analiza
Las dos fuentes de la moral y de la religión). En El hombre y Dios, de manera
sucinta y clara, se enfrenta al problema ético, a la relación entre el hombre y
eso a lo que llamamos Dios: “únicamente la relación moral establece la
posibilidad de la relación”. Fatone pasa revista a las concepciones de Kant (la
voluntad), de Schleiermacher (la dependencia absoluta, el sentimiento), de Hegel
(el pensamiento, la certeza), de Durkheim (el hecho social), y las critica pues
-dice- todas ellas consideran a Dios un objeto. Todas las demostraciones de la
existencia de Dios, incluída la prueba llamada ontológica de san Anselmo (Dios
es aquello de lo cual no puede pensarse nada superior; o es más de lo que se
puede pensar), pueden “llegar a convencernos”, pero lo que no consiguen es
persuadirnos, es decir “mover nuestro ánimo y transformar nuestra existencia”.