¿Existió Jesucristo? Y si es
cierto que existió, ¿qué dijo?, ¿qué hizo?, ¿qué representa Jesús de Nazaret
para todos y cada uno de nosotros? Este libro intenta responder a estas
preguntas. Pero, antes que eso, pretende dejar claro que aquel judío
desconcertante que fue Jesús llevó a cabo la revolución más asombrosa que se ha
producido en la historia de las tradiciones religiosas de la humanidad. Una
revolución que pronto fue controlada, domesticada y bien integrada en el sistema
por la religión. Fue la religión de los templos y las leyes, de los sacerdotes y
los altares, la religión de las muchas liturgias y las pocas entrañas de
humanidad, la que expulsó a Jesús de la ciudad santa, lo sacó del espacio
sagrado y allí, en el ámbito de lo profano, lo laico, lo secular, allí
precisamente, lo asesinó. Para que quede en evidencia, por todas las
generaciones, que al Dios de Jesús no se lo encuentra en la trascendencia y en
la divinidad, sino en la inmanencia y en la humanidad.
Guste o no, las últimas
generaciones que han nacido en los países de Occidente están marcadas por la
patética fórmula que acuñó Nietzsche en El Anticristo: «El concepto cristiano de
Dios […] es uno de los conceptos de Dios más corruptos a que se ha llegado en la
tierra; tal vez represente incluso el nivel más bajo en la evolución descendente
del tipo de los dioses. ¡Dios, degenerado a ser la contradicción de la vida, en
lugar de ser su transfiguración y su eterno sí». Pero ni Friedrich Nietzsche, ni
nadie entre los mortales, cuando pronuncia la palabra «Dios», está hablando de
Dios. ¿Qué vale la pretensión de indagar en lo que sólo se puede encontrar más
allá del campo inmanente de la capacidad humana de conocimiento?
Por eso, lo que este libro
intenta explicar es que en Jesús Dios «se despojó de su rango y se hizo como uno
de tantos». Y es ahí, sólo ahí, vaciándose de todo poder y de toda gloria, en la
búsqueda de nuestra propia humanidad, donde es posible encontrar el sentido de
la vida, que trasciende las representaciones del Trascendente que nosotros nos
hemos hecho y nos hemos servido a la carta, con frecuencia y por desgracia, para
dividirnos más y hacernos más daño los unos a los otros.